El Carnaval de Venecia y la magia de las máscaras

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Antiquus

Un rito colectivo de locura controlada: libertad, misterio e igualdad social.

El libro "La magia de las máscaras" de Massimo De Santis

uando surgió la oportunidad de incluir en nuestro catálogo el libro de fotografía Venecia: La magia de las máscaras, una obra importante que narra la historia del Carnaval de Venecia a través de imágenes artísticas, no la dejamos escapar.

El proyecto artístico lleva la firma del fotógrafo y periodista Massimo De Santis, autor con un currículum prestigioso, que en este libro buscó dar forma a su amor incondicional por Venecia.

Hay tanto amor en esta obra: el mismo amor que yo, como muchos otros, siento visceralmente por Venecia y la inmensa historia de la Serenísima. Un sentimiento compuesto por los lugares y nombres que la habitan: el Arsenal, Lepanto, Casanova, Vivaldi... hasta llegar al Carnaval, que con los años se ha convertido en un evento habitual para mí, casi un ritual.

Este amor toma forma en una obra verdaderamente impresionante: 50 x 40 cm, 13 kg de peso; no se preocupe, no necesita permiso de armas para llevársela a casa. Una sucesión de espléndidas fotografías, decoradas a mano con oro, y un detalle que llama inmediatamente la atención: los ojos de todas las máscaras están ennegrecidos...

El Carnaval de Venecia

Tiene una historia muy antigua, que se remonta a 1094, cuando el Dux Vitale Falier la mencionó por primera vez en un documento oficial. En 1296, fue reconocida como día festivo mediante un edicto que declaraba día festivo la víspera de la Cuaresma.

Es una tradición que tiene sus raíces en las Saturnales de la antigua Roma y en los cultos dionisíacos griegos.

Durante los siglos siguientes, el Carnaval se convirtió en uno de los eventos más célebres de Europa. Venecia, con su carácter internacional (comerciantes, embajadores, viajeros, artistas), era el lugar ideal para transformar una celebración tradicional en un gran acontecimiento.

Un detalle curioso es que, durante largos periodos de la historia, el Carnaval de Venecia no terminaba en unos pocos días: a menudo se vivía como una verdadera "temporada", con celebraciones prolongadas y una ciudad constantemente animada por el entretenimiento, la música, las fiestas y los espectáculos.

Entre las tradiciones más evocadoras asociadas al Carnaval de Venecia se encuentra lo que hoy conocemos como el Vuelo del Ángel. Sus raíces se remontan a las antiguas proezas acrobáticas de la Plaza de San Marcos: uno de los episodios más famosos narra la historia de un acróbata que cruzó la plaza suspendido de una cuerda, completando un recorrido "imposible" hasta el Campanario y luego hacia el corazón del poder veneciano.

Con el tiempo, aquella espectacular representación cambió de forma y de reglas, pero la idea permaneció intacta: un gesto teatral y vertiginoso que encapsula a la perfección el espíritu escenográfico de la ciudad.

Otra tradición recuperada en tiempos modernos es la Festa delle Marie. Esta festividad conmemora el episodio de las jóvenes novias secuestradas por piratas de Istria y rescatadas al día siguiente por una misión de salvamento liderada por el propio Dux. Para conmemorar este suceso, se creó la Festa delle Marie, durante la cual doce jóvenes venecianas, bellas pero pobres, fueron literalmente "adoptadas" —es decir, recibieron una dote— por doce familias patricias para facilitar su matrimonio. Hoy en día, se recrea con desfiles y momentos simbólicos que evocan la imagen histórica de la Serenísima.

Con el fin de la República de Venecia en 1797 y los subsiguientes cambios políticos, el Carnaval fue perdiendo gradualmente su protagonismo. Por razones de orden público y control social, el festival se redujo y, de diversas maneras, se suspendió o disminuyó significativamente: el contexto político y cultural que había hecho posible una celebración tan amplia y "pública" desapareció.

Tras un largo periodo de ausencia, el Carnaval se relanzó oficialmente en 1979, convirtiéndose de nuevo en un importante evento cultural de la ciudad. Desde entonces, Venecia ha recuperado muchas de sus tradiciones históricas, como el Vuelo del Ángel y la Festa delle Marie, pero las ha reinterpretado de forma que sean compatibles con la ciudad contemporánea y un público internacional.

Las Máscaras

Bauta

La Bauta es la máscara veneciana por excelencia: la más tradicional y famosa. Es cómoda de llevar durante largos periodos, y su forma abultada permite comer y beber sin quitársela. Además, al distorsionar la voz, garantiza un camuflaje total y un anonimato absoluto.

Moretta o Servetta Muda

Ovalada y cubierta de terciopelo negro, esta máscara, tradicionalmente reservada para mujeres, ocultaba por completo los rasgos faciales. Se la llama "mutante" porque para ponérsela, quien la usaba tenía que morder un pequeño soporte interno, impidiendo así hablar: un detalle que aumenta su atractivo y misterio.

Gnaga

La máscara de Gnaga es una de las más curiosas del Carnaval de Venecia y, en cierto modo, representa el alter ego popular de la Moretta. Sus orígenes son inciertos, pero la tradición la vincula estrechamente con Venecia; su éxito fue fulgurante, e incluso hoy en día es común ver "caras de gato" por las calles durante el Carnaval.

El término gnaga, en dialecto veneciano, significa gato: no es casualidad que la máscara tenga rasgos felinos. Tradicionalmente, la gnaga era un disfraz masculino: hombres vestidos de mujeres comunes, a veces de cortesanas, completaban sus atuendos con una máscara de gato, a menudo con un gorro blanco y una cesta en el brazo, a veces con un gatito.

Lo que realmente distinguía a la Gnaga era su actuación: una voz aguda, maullidos burlones y posturas exageradas. De ahí el dicho veneciano «ti ga na vose da gnaga» (tienes voz de gato). Es la máscara de la inversión de roles, el símbolo perfecto del espíritu del Carnaval de Venecia: por un instante, la realidad se invierte y la identidad se convierte en un juego.

Aguileña

Esta elegante media máscara cubre principalmente los ojos y parte del rostro, dejando la boca al descubierto. Suele estar ricamente decorada con cintas o, a veces, con un pequeño soporte. Su nombre evoca a la Colombina de la Commedia dell'Arte.

Doctor de la peste

La famosa máscara de "pico": nacida como parte de la vestimenta protectora utilizada durante las plagas, documentada sobre todo en la época moderna/siglo XVII, se convirtió posteriormente en una de las figuras más reconocibles también en la iconografía del carnaval.

La Magia

En Venecia, la máscara no era solo un adorno: era magia cívica, una llave capaz de abrir puertas que, al descubrirse el rostro, permanecían cerradas. Bastaba con cubrirse la cara para que la ciudad cambiara sus reglas, su tono e incluso su mirada. Y en ese cambio residían tres poderes estrechamente entrelazados: el anonimato, la libertad y la igualdad.

Anonimato: Desaparece para convertirte en quien quieras.

En el Carnaval de Venecia, la identidad ya no era una etiqueta fija: el nombre, la clase social y la reputación podían disolverse tras una máscara. El anonimato permitía moverse sin ser reconocido, escuchar sin llamar la atención y hablar sin temor a las consecuencias.

Este es el primer hechizo: dejar de ser "alguien" y convertirse en cualquiera. Y cuando cualquiera puede estar en cualquier lugar, la ciudad se transforma en un teatro donde los encuentros se vuelven posibles y las miradas, más audaces.

Libertad: controlada, pero real.

La Serenísima era una sociedad rígidamente organizada, atenta al decoro y al orden. Precisamente por eso funcionó el periodo de las máscaras: era una libertad concedida, limitada, pero intensa. Con la máscara, se podía jugar con los roles, cortejar, provocar, exagerar. No era «anarquía»: era una suspensión temporal de las reglas, una excepción que hacía la regla más llevadera. El Carnaval no eliminó el orden: le dio un respiro.

Igualdad social: cuando las clases sociales dejan de hablar

El milagro más asombroso es quizás este: la máscara hizo posible una forma de igualdad social, al menos en apariencia. En Venecia, la clase social era visible (en la vestimenta, los modales, las amistades), pero la máscara la desdibujaba: un patricio podía hacerse pasar por un burgués, un comerciante por un noble, un extranjero podía pasar desapercibido. En ciertos momentos, más que el rango, importaban las palabras, los gestos y la audacia.

Esto transformó verdaderamente la ciudad: porque la igualdad no se proclamó, sino que se practicó durante unas horas, en la calle, en la plaza, en un salón a la luz de las velas. La gente conversaba con personas a las que jamás se habrían acercado sin cubrirse. Se mezclaban. Negociaban negocios. Creaban vínculos. Experimentaron una Venecia diferente.

La verdadera “magia”: el juego de la identidad.

En definitiva, la máscara fue poderosa porque planteaba una pregunta sencilla y desconcertante: ¿quién eres cuando nadie te reconoce?

Durante el Carnaval de Venecia, la identidad se convirtió en un juego serio: no para mentir, sino para explorar. Y quizás ahí reside su magia más perdurable: recordarnos que, a pesar de las diferencias sociales, religiosas, culturales y de opinión, siempre existe un espacio de tolerancia donde podemos ser diferentes y, aun así, encontrarnos como iguales.

Y luego están los ojos negros de las máscaras…

Las imágenes del libro se asemejan a pozos, aberturas y abismos silenciosos. Hablan de la humanidad infinita que habita en cada uno de nosotros y, al mismo tiempo, del acto más radical de ocultamiento: perder el rostro para encontrarse, finalmente, como parte de un todo.

Hablaremos de esto con más detalle en otro artículo: Venecia, la magia de las máscaras: ojos morados.

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