Los estigmas de San Francisco

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Antiquus

Los estigmas de San Francisco de Asís representan uno de los episodios más fascinantes y debatidos de la historia del cristianismo. Aún hoy, dividen a creyentes y no creyentes, así como a los propios católicos, generando opiniones encontradas entre la fe, la devoción, la interpretación mística y la lectura histórico-crítica. Para comprender mejor la importancia de este fenómeno, conviene comenzar comparándolo con otro gran estigmatizado de la tradición católica: el Padre Pío de Pietrelcina, y luego seguir el primer caso reconocido en orden cronológico, el de San Francisco de Asís.

Las dos historias humanas, sociales y religiosas no podrían ser más diferentes.

Si quieres saber más sobre San Francisco y su viaje interior, también puedes leer este artículo dedicado a su "transformación vital": "San Francisco: Lo dejo todo y cambio mi vida".

San Pío de Pietrelcina y los estigmas

El Padre Pío de Pietrelcina, canonizado por el Papa Juan Pablo II en 2002, es una de las figuras más conocidas y controvertidas de la historia moderna de los estigmas católicos. Según la tradición, recibió los estigmas de la Pasión de Cristo el 20 de septiembre de 1918, a la edad de treinta y un años: heridas abiertas, dolorosas y sangrantes que permanecieron visibles durante aproximadamente cincuenta años, hasta su muerte el 23 de septiembre de 1968.

La historia del Padre Pío demuestra claramente cómo el fenómeno de los estigmas no solo generó devoción popular, sino también sospechas, investigaciones, escrutinio eclesiástico y tensiones dentro de la propia Iglesia Católica. A lo largo de los años, el fraile de Pietrelcina fue examinado por numerosos médicos y sometido a evaluaciones contradictorias. Junto a la veneración de los fieles, enfrentó malentendidos, acusaciones y medidas restrictivas por parte de la Santa Sede.

En 1931, se le prohibió confesar, celebrar misa en público, mantener su habitual correspondencia espiritual y tener contacto regular con los fieles. Solo le quedaba la opción de celebrar misa en privado en la capilla del convento. Durante esa dura prueba, el Padre Pío se mostró obediente: aceptó las decisiones de sus superiores incluso cuando eran particularmente difíciles. Aproximadamente dos años después, en 1933, se suavizaron las restricciones más severas y el fraile pudo retomar la celebración pública de la misa y el ministerio de la confesión.

El Padre Pío fue declarado venerable en 1997, beatificado el 2 de mayo de 1999 y canonizado el 16 de junio de 2002 por Juan Pablo II. Su testamento espiritual se resume a menudo en la frase: «Ama a la Virgen María y hazla amar. Reza siempre el Rosario», una expresión que capta la esencia de su espiritualidad mariana.

Entre los críticos más conocidos de la naturaleza sobrenatural de sus estigmas se encontraba el padre Agostino Gemelli, fraile franciscano, médico, psicólogo y fundador de la Universidad Católica del Sagrado Corazón. Su oposición alimentó el debate eclesiástico y científico en torno al Padre Pío. Curiosamente, el propio papa Juan Pablo II —el pontífice que proclamaría santo al Padre Pío— fue hospitalizado varias veces en la Policlínica Agostino Gemelli de Roma, a la que él mismo llamaba, en tono de broma, su «Tercer Vaticano».

San Francisco de Asís y los estigmas de La Verna

San Francisco de Asís, canonizado por el papa Gregorio IX en 1228, recibió los estigmas en 1224, hacia el final de su vida. Este acontecimiento tuvo lugar dos años antes de la muerte del santo en 1226 y se convirtió en uno de los episodios más importantes de la espiritualidad franciscana.

Según la tradición, Francisco se encontraba en La Verna durante un período de retiro, ayuno y oración, cuando tuvo una visión de un serafín crucificado. A raíz de esa experiencia mística, recibió las cinco llagas de la Pasión de Cristo: en las manos, los pies y el costado.

En el caso de San Francisco, obviamente no contamos con documentación médica moderna, como sí la tenemos para figuras más cercanas a nosotros, pero sí con una tradición muy antigua y fidedigna que presenta los estigmas como un elemento central de los últimos años de su vida. Este hecho hace que el episodio sea crucial no solo desde un punto de vista devocional, sino también para comprender la imagen de Francisco como un hombre totalmente conformado a Cristo.

Luego está el elemento profundamente franciscano: Francisco habría buscado ocultar esas marcas, no exhibirlas. Esto es importante porque los estigmas de San Francisco no fueron concebidos como un espectáculo devocional, sino como una experiencia íntima, dolorosa y mística. No son un «premio», sino una herida: el sello de una conformidad radical con Cristo crucificado.

Desde esta perspectiva, los estigmas representan el paso de la pobreza elegida a la pobreza encarnada. Tras renunciar a las posesiones, el poder, la gloria y la seguridad, Francisco asume en su propio cuerpo el misterio de la vulnerabilidad divina. Es como si su cuerpo se convirtiera en un manuscrito viviente de la Pasión.

Este tema de la transformación recorre la cultura medieval, desde la espiritualidad hasta el conocimiento. También lo encontramos en los estudios de Leonardo Fibonacci.

Similitudes y diferencias entre los estigmas de San Francisco y el Padre Pío

Existen profundas similitudes y diferencias decisivas entre los estigmas de San Francisco y los estigmas del Padre Pío, como suele ocurrir en los grandes acontecimientos humanos, espirituales y religiosos.

Las principales diferencias radican, ante todo, en el contexto histórico. San Francisco pertenece a la Edad Media, mientras que el Padre Pío vivió en el siglo XX, el llamado «siglo corto»: una época marcada por la medicina moderna, los medios de comunicación, las investigaciones eclesiásticas y la devoción popular masiva. La forma, la edad y las circunstancias en que se reciben los estigmas también cambiaron, al igual que la manera en que fueron recibidos por el clero y los fieles.

En el caso de San Francisco de Asís, los estigmas se convirtieron en una especie de sello de su misión e identidad franciscana: el signo supremo de su conformidad con Cristo pobre y crucificado. En el caso del Padre Pío de Pietrelcina, sin embargo, los estigmas formaban parte de una misión sacerdotal cotidiana: escuchar confesiones, celebrar la misa, guiar a las almas, acoger a multitudes de fieles y fundar obras de caridad.

Sin embargo, la similitud más profunda reside en esto: en ambos casos, la tradición cristiana no presenta los estigmas como un fenómeno espectacular, sino como un signo de conformidad con Cristo crucificado. San Francisco aparece transformado a imagen del Amado; el Padre Pío vive su vocación bajo el signo de la Cruz, la Misa y la reconciliación sacramental. Dos vidas muy distantes en el tiempo y el contexto, pero unidas por el mismo núcleo: la participación en el misterio de la Pasión.

Los estigmas de San Francisco en nuestras reproducciones facsímiles.

Nuestro catálogo incluye dos reproducciones facsímiles dedicadas al momento en que San Francisco recibe los estigmas. Estas dos obras difieren en época, estilo y sensibilidad espiritual, pero comparten el mismo núcleo iconográfico y devocional: la conformación del santo a Cristo crucificado.

La primera es una valiosa reproducción facsímil de una página iluminada de un misal fechado en 1275, atribuido a Rinaldo da Siena. La obra se conserva actualmente en el Museo Getty de Los Ángeles y constituye un testimonio particularmente significativo de la popularidad iconográfica de los estigmas de San Francisco ya en el siglo XIII.

La segunda reproducción acompaña a un Evangelio y se basa en una obra de Dono Doni, artista nacido en Asís a principios del siglo XVI. Por lo tanto, nos encontramos aproximadamente tres siglos después de la miniatura del siglo XIII, en un contexto artístico y religioso diferente, pero aún profundamente arraigado en la devoción franciscana.

Esta comparación muestra claramente cómo la tradición figurativa de los estigmas de San Francisco se desarrolló muy pronto y continúa manteniendo su fuerza a lo largo de los siglos, hasta nuestros días, suspendida entre la fe, la devoción y las cuestiones históricas.

Una reciente visita a la catedral de Orvieto me recordó la importancia crucial de las imágenes para transmitir y mantener la fe. En este sentido, las dos obras dedicadas a los estigmas de San Francisco muestran el mismo episodio desde perspectivas diferentes, pero comparten un elemento esencial: la conexión directa entre el cuerpo del crucifijo y el cuerpo del santo.

En la miniatura de 1275, atribuida a Rinaldo da Siena, la escena se desarrolla en el precioso espacio de la letra iluminada. Rayos de luz emanan del Serafín crucificado y alcanzan las partes del cuerpo de Francisco marcadas por los estigmas: sus manos, pies y costado. Las cinco marcas oscuras, claramente visibles pero sin sangrado, no son, por tanto, elementos aislados: corresponden directamente a las llagas de Cristo. Donde están las manos del Crucificado, los rayos de luz alcanzan las manos de Francisco; donde están los pies, alcanzan los suyos; del costado herido surge la marca en el costado del santo. La miniatura, de este modo, hace visible, con un lenguaje esencial y simbólico, el tema central de la conformidad de San Francisco con Cristo crucificado.

La obra, basada en la de Dono Doni del siglo XVI, desarrolla el mismo tema con un tono más narrativo y dramático. La escena se presenta más amplia, luminosa y dinámica: aquí también los rayos de luz alcanzan a San Francisco en los cinco puntos de sus estigmas, pero el efecto general es más teatral y espiritualmente intenso. El santo parece casi abandonarse al don recibido, mientras que la luz subraya con fuerza el origen divino del acontecimiento.

La comparación entre ambas imágenes muestra cómo la iconografía de los estigmas de San Francisco ha evolucionado a lo largo de los siglos sin perder su esencia. En el siglo XIII, predomina una representación más íntima, simbólica y litúrgica; en el siglo XVI, una interpretación más narrativa, emotiva y luminosa. En ambos casos, sin embargo, la imagen reafirma la misma idea: Francisco recibe en su propio cuerpo los signos de la Pasión y se convierte en imagen viva de Cristo crucificado.

La representación de los estigmas forma parte de una tradición visual más amplia, donde el arte y el símbolo están profundamente entrelazados.

Conclusión

Los estigmas de San Francisco siguen siendo uno de los signos más intensos y complejos de la espiritualidad cristiana: un acontecimiento que abarca la fe, la historia, el arte y la devoción. Desde el silencio místico de La Verna hasta el testimonio moderno del Padre Pío, los estigmas continúan interpelando tanto a creyentes como a no creyentes, demostrando la profunda influencia que el misterio de la Cruz ha ejercido en la imaginación religiosa occidental.

En nuestras reproducciones facsímiles, este tema no solo se narra, sino que se hace visible: las imágenes nos permiten comprender cómo la tradición franciscana ha interpretado, a lo largo de los siglos, el momento en que Francisco se convierte, en cuerpo y espíritu, en imagen viva de Cristo crucificado. Precisamente por ello, contemplar estas obras significa adentrarse en una historia que no solo pertenece al pasado, sino que sigue hablando hoy de fe, belleza, dolor y transformación.

Si quieres ver cómo se ha representado este momento a lo largo de los siglos, puedes descubrir nuestras reproducciones dedicadas a los estigmas de San Francisco.

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