San Francisco, un alquimista solo en un sentido simbólico: su vida habla de transformación
Les escribo desde Rimini, en la región de Romaña. Aquí, como diría el humorista Giacobazzi, todo romagnolo tiene algunas cosas básicas de las que hablar: motores (como llamamos a las motocicletas), mujeres, diversión, compañía, entusiasmo por la vida y aventura.
En tiempos de San Francisco, había caballos en lugar de máquinas, pero los temas eran los mismos. Incluso el joven Francisco amaba las celebraciones, la diversión, la ropa elegante, el canto, los amigos, el sueño de la caballería y la gloria de las hazañas. Era hijo de un rico comerciante de Asís, criado en un ambiente donde el dinero, el prestigio y la ambición tenían un gran peso. La santidad llegaría más tarde, en el camino: al principio, era un joven inquieto y vivaz, atraído por el mundo y con el deseo de dejar su huella.
Y quizás sea precisamente esto lo que lo acerca tanto a nosotros. La grandeza de San Francisco reside en su transformación, partiendo de una sustancia humana similar a la nuestra. Su santidad impregna su humanidad, la purifica, la ilumina.
Por ello, puede resultar sugerente interpretar su historia a través de una metáfora alquímica. Para evitar malentendidos, cabe aclarar que Francisco, históricamente hablando, se distancia considerablemente de la figura del alquimista. Su experiencia se enmarca plenamente en la tradición cristiana.
Francisco pertenece al Evangelio, a la Iglesia, al seguimiento radical de Cristo.
Pero la alquimia, en su significado simbólico más profundo, ofrece una imagen poderosa: la transformación del plomo en oro. Esta transformación, incluso antes de afectar la materia, afecta al ser humano.




